
El sacerdote anuncia el Evangelio, edifica y dirige la comunidad, y todo ello se ordena a la comunión eucarística. “En ella, actuando en la persona de Cristo y proclamando su misterio, une la ofrenda de los fieles al sacrificio de su Cabeza : el de Cristo, que se ofrece al Padre de una vez para siempre como hostia inmaculada” (CIC 1566). En efecto, no hay Eucaristía sin sacerdotes.
El Señor no puede caminar con su Pueblo, ni el Pueblo puede marchar hacia su Señor, si no se renueva su presencia viva, salvadora, en el altar. La contemporaneidad de Cristo con cada hombre, sólo es posible si se actualiza, el misterio de la Redención a través del gran milagro de la Eucaristía, desde las manos y los labios del sacerdote. El sacerdote es esperanza del mundo por la Eucaristía.
El Señor no puede caminar con su Pueblo, ni el Pueblo puede marchar hacia su Señor, si no se renueva su presencia viva, salvadora, en el altar. La contemporaneidad de Cristo con cada hombre, sólo es posible si se actualiza, el misterio de la Redención a través del gran milagro de la Eucaristía, desde las manos y los labios del sacerdote. El sacerdote es esperanza del mundo por la Eucaristía.
Comprendemos la importancia que, para la Iglesia y para los hombres, reviste la figura del sacerdote. Allí donde hay un hombre que con fe y amor acoge el llamado de Cristo al sacerdocio, allí habrá la posibilidad de prolongar su Redención mediante la Eucaristía. El sacerdote es indispensable para la Iglesia y para la humanidad.
(n. 6; cf. L’Osservatore Romano en español, 14 de enero 2005, 3).Editorial de Ecclesia. Revista de cultura católica (enero-marzo 2005), pp. 3-12.
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